En tiempos de crisis o cambios muy fuertes es necesario retirarse del mundo. Simplemente porque no se dispone de la energía suficiente más que la mínimamente necesaria para sobrevivir, y a duras penas. Cuando el dolor es tan hondo, se necesita muchas veces la soledad. Aún así, en medio del túnel solo percibimos oscuridad, y tal vez, solo con trabajo, un punto lejano de luz. El corazón está encogido, y la trasformación requiere su tiempo. No hay atajos. En mi  caso es el superar un trastorno de ansiedad generalizada que me ha perseguido desde pequeñita.

El primer paso es el más costoso emocionalmente, pero no el más difícil. Reconocer que te has perdido de ti misma – o que llevas infinidad de tiempo perdida –  y que te encuentras en el más profundo de los pozos, duele. Sólo la aceptación y la autocompasión –cuando logro un resquicio de cordura -van poniendo poco a poco la vida en su sitio,  un sitio frío  y  sombrío, pero de momento así es.  Más difíciles son el segundo, el tercer, el cuarto paso, porque requieren de mucho esfuerzo y ahí aún no veo ningún resultado. Solo una cuesta empinada. Tan solo un huracán que me  arrebata los pies del suelo, y ahí, suspendida en la incertidumbre y el dolor, voy aprendiendo que las sensaciones no me van a matar, que los pensamientos que mi mente proyecta no son del todo ciertos, y que el miedo hay que atravesarlo. Y uno va haciendo lo que puede, a veces mejor, a veces vuelta a empezar. Reconocer que te has perdido de ti misma, y que te encuentras en el más profundo de los pozos, duele.  No alcanzo a comprender el porqué de tanto dolor siendo ya una niña. Pero lo acepto porque sí creo en el karma, sí creo en la inteligencia universal que todo lo acompasa – eso sí, en otra dimensión que no somos aún capaces de vislumbrar- y sí creo en Dios. Y creo que hay retos más amargos que el mío. Sin embargo, no recuerdo ya ni cuando fue que me perdí a  mi misma. Solo albergo la intuición en mi corazón que ahora estoy recorriendo el camino de retorno. Y que si Dios así lo dispone, me encontraré de vuelta conmigo al torcer la esquina menos esperada.

Pero sea cual sea el reto al que uno se enfrenta,  hay que sacar valor de debajo de las piedras. Hay que ser lo bastante humilde como para pedir la ayuda necesaria, cosa que a mí me ha costado enormemente. Pero sé que, cuando salga por el otro lado, ahí estarán los que merecen estar. Y si por enésima vez de nuevo hay que empezar, se empieza.

Rosaana B.

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