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LA IMAGINACIÓN

la imaginación

Había sido un día ordinario. Un día en el que la rutina, una vez más, había impuesto sus propias reglas. La inercia de la costumbre se empeñaba en repetir gestos, palabras y hábitos, ahogando con su tozudez cualquier despunte de fantasía o diversión.

El sol, por su parte -concluido ya su cometido diario – se disponía a ausentarse, cediendo el protagonismo a una tímida luna. Y en los cielos tomó el relevo la desnuda esfera, que medio escondida en su cuarto menguante atisbó curiosa entre las plateadas estrellas que acababa de liberar la noche.

Cerré los ojos y expectante, esperé. Sabía que estaba allí, anestesiada bajo el efecto de un aburrimiento glacial. Pero el silencio y las ganas colaboraron a partes iguales y el punto de luz- imperceptible al principio- estalló en mil colores.

La reconocí al instante: era la imaginación.

Solo ella era capaz de vestir las palmeras de rosa y alumbrar soles verdes. Formas imposibles y tonalidades no inventadas desfilaron sobre una pasarela rebosante de posibilidades infinitas.

Me confió, embriagada por su propia felicidad, que la realidad son sueños insistentemente imaginados.

Ella sí sabía de las necesidades del alma. Y ésta,  gratamente confortada por la audacia de la imaginación, recuperó al fin su alegre cordura, dejando en el olvido del sueño las tediosas rutinas y aburridos sinsabores de un día ordinario.

Rosaana B.

 

 

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